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  • Foto del escritorLa Pampa

Ana Kowganka : “El campo me apasiona, no lo puedo dejar”

Ana nació hace 89 años en la zona rural de Winifreda, donde pasó la gran mayoría de ese tiempo. Hoy vive en la localidad, pero cada dos días visita su campo, el lugar que la apasiona y no puede dejar porque es su “lugar en el mundo”.


Ana Kowganka es hija de inmigrantes polacos y este mes cumplió 89 años de vida en la zona rural de Winifreda. En ese ámbito nació, hizo la escuela primaria, durante su adolescencia se dedicó a la cría y atención de animales en medio de una vida difícil, más tarde formó una familia, y cuando falleció su esposo e hijo debió hacerse cargo de la administración general de un establecimiento agropecuario de 380 hectáreas que aún tiene. Allí sufrió un robo y padeció la gran inundación del año 2017, pero siempre se repuso, y siguió produciendo la tierra. Nunca se endeudó con los bancos.


Hoy vive en la localidad pero cada dos días visita su campo, que es su lugar en el mundo. Ama a sus trece nietos y siete bisnietos. La mujer rural ha tenido una vida intensa. Y sus recuerdos afloraron mientras conversaba con el cronista de LA ARENA. “Mi madre se llamaba Ferosia Resco y mi padre Ignacio Kowganka, ambos nacieron en Polonia y en 1927 llegaron en barco a la Argentina junto a mi hermano mayor Nicolás, con tres meses de vida”, recuerda.


“Desembarcaron en Buenos Aires y se vinieron directamente a Winifreda. Eso fue posible porque mi abuelo Gregorio había inmigrado mucho antes, trabajó muchos años como peón rural, juntó el dinero e hizo venir a su hijo Ignacio al país, pero antes tuvo que casarse con Ferosia”, añadió.


“Hasta que pudieron ubicarse definitivamente, mi mamá y mi papá alquilaban una casita en la esquina de 9 de Julio y Urquiza. A mi madre le costó mucho aprender a hablar el castellano y mi papá lo hablaba un poco mejor”, asegura Ana.


Con mucho esfuerzo, sus progenitores recién en 1953 fueron dueños de la tierra ya que pudieron comprar sus primeras 90 hectáreas en el Lote 18 de Winifreda. “En ese predio todavía permanece intacta la pieza donde yo nací un 10 de abril de 1934. Solo se le hizo una remodelación por el paso de los años”, se emocionó.



Siempre trabajando

Ana tiene sexto grado. Lo cursó en la escuelita rural “García” -ya cerrada- hizo primero, segundo y tercer grado mientras que cuarto, quinto y sexto los terminó en la Escuela 104 de la localidad, cuando funcionaba en un inmueble ubicado en la esquina de Sarmiento y Alfonsín. En paralelo, siempre trabajó en el campo ayudando a la familia.


Cuando terminó los estudios primarios, “seguí en el campo, cuidaba los chanchos, me dedicaba a los quehaceres hogareños, ayudaba en la crianza las aves, teníamos muchas gallinas, pavos, gansos, patos y pocas vacas. No éramos pobres ni ricos, nos alcanzaba para comer”.


“Mi papá era carrero, iba al monte a buscar leña, la cargaba a un carro enganchado a una chata rusa tirada por caballos y la vendía en Colonia Barón incluso hizo un viaje hasta Miguel Cané”. Con el tiempo sus hermanos Nicolás y Juan -ambos fallecidos- compraron otras 60 hectáreas también en el lote 18.


En 1955, Ana contrajo matrimonio con Juan Sereno. De esa unión nacieron un varón y tres mujeres: Juan Carlos, Marta, Blanca y Analía. Su marido murió en 1994.


Aprender de golpe

“Cuando mi hijo Juan Carlos falleció en 1999 tuve que tomar las riendas del campo de 380 hectáreas que tenemos en el Lote XIII al costado de la ruta provincial 10 bautizado Los Médanos. Mi esposo lo había comprado en 1960. Asumir esa responsabilidad fue muy duro y tuve que aprender todo de golpe”, confió.


No sabía manejar vehículos y las clases de manejo se las dio su empleado Miguel Stremel “Rabito”, ya fallecido. El hombre, cuando caía la noche, le decía: “Ana vaya despacito a buscar las ovejas así las encerramos. Y así aprendí con una camioneta Ford modelo 1987”.


Un día “Rabito” le dijo: “Anímese y lléveme al pueblo”. Ana le hizo caso. “Lo llevé pero a una marcha muy lenta y al día siguiente lo traje de nuevo de la misma forma”, contó. “Rabito” estuvo a su lado durante 13 años hasta su fallecimiento. Lo describió como una persona “buenísima, decente y muy trabajadora. Mi hijo y mis hijas lo querían muchísimo y él tenía adoración por mis nietos”.


Ana fue muy buena administradora, invirtió los recursos en alambres, arreglos de molinos, mantenimiento de las aguadas y demás. “Nunca tomé créditos, con el banco solo trabajé en descubierto y cuando tenía que cubrir la cuenta cumplía con el deposito”, afirmó.


No solo se dedicó a la agricultura y a la ganadería, también tenía anexado un pequeño tambo. Lo tuvo en producción mientras sus hijas estaban estudiando. “Por el campo pasaba el camión de Lácteos Pampa y recolectaba la leche”, recordó.



Momentos difíciles

En 2015 fue víctima de la inseguridad. “Me robaron 25 terneros y nunca supimos quiénes fueron. Pero me acuerdo que cuando denunciamos el faltante de los animales, se acercó al campo un comisario de apellido Corbo, vio un poco el lugar y por la tarde pidió licencia y se fue de vacaciones dejando a cargo del caso a dos oficiales, quienes se portaron re bien conmigo. En cambio, el comisario se lavó las manos prácticamente y se fue, no me gustó mucho su proceder”, recordó con absoluta lucidez. Hoy en el campo tiene instaladas cámaras de videovigilancia.


Otro momento difícil que pasó fue la gran inundación de 2017. “Fue algo inesperado e increíble y las pérdidas materiales fueron inmensas. El agua alcanzó el metro de altura, tapó unas 20 hectáreas y durante 10 meses estuve sin poder entrar a la casa familiar porque estaba completamente inundada, se rajaron todas las paredes y se venía todo abajo. Sentí una amargura tremenda”.


“Fueron 130 metros cuadrados lo que tuvimos que rehacer de nuevo. El agua también afectó la entrada de olmos, se secaron todos, no quedó ni una planta”, siguió.


Ana tiene 13 nietos que viven en Santa Rosa, Colonia Barón, Miguel Cané, en la ciudad bonaerense de Pigüé y uno en México y siete bisnietos. Hoy una parte del campo lo tiene alquilado. Ana vive en el pueblo pero cada dos días -menos sábado y domingo- regresa al predio acompañada por una de sus hijas u otros familiares. Pasan varias horas allí, y sigue trabajando en su “lugar en el mundo”. “Con el empleado recorremos algunos lotes, vemos la hacienda, le doy de comer al perro, al gato. El campo me apasiona, no lo puedo dejar”, enfatiza Ana hoy, con sus radiantes 89 años.



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